24 de abril de 2010

LA VOZ DE LA TORRE

Mi padre se hacía viejo y los repartos eran cada vez más numerosos, comencé a hacer parte de los encargos. Reparamos la carreta vieja y enseñé a Negro, un potrillo joven e intranquilo, a tirar del enganche. Al pasar junto a la fortaleza la oía cantar.
Los martes hacía otra ruta distinta y pasaba con mi potro por el Camino Real en dirección a la hacienda de los marqueses, donde saludé a una joven, Mercedes, entretenida con las flores silvestres de los frutales.
Hice parada en un caserón de intramuros de aquella ciudad y pregunté a una criada por aquella voz. Era de Rosario, una de las dos hijas de la condesa, que vivía en el torreón grande, el de la terraza más vistosa del palacio del recaudador. Nunca se sintió como las de su clase, recluida en su burbuja, perdiéndose la sonrisa de las otras muchachas como Mercedes y otra manera de vivir la infancia. Me fui acostumbrando a la compañía de aquellas canciones.
Negro se hizo caballo arrastrándome mientras yo trataba de mirar la terraza del torreón. Mi carreta se hizo inservible y encontré un trabajo que me alejó de aquella calzada y de aquel sueño llamado Rosario.
En la cantina hablaron de una de las hijas del recaudador, que se había recluido en un convento enamorada de un soldado. El joven de uniforme, solía acercarse con un carruaje y un precioso caballo. Pero dejó de pasar, por esa ausencia ella lo creyó muerto en alguna batalla y entristeció. En su retiro, la joven seguía cantando, no se sintió encarcelada entre los muros del claustro, pues era la forma de vida que conoció.
La encontré en el silencio de aquel monasterio del que hablaban en la cantina. Sólo quedaban en pie los restos del campanario junto al cementerio abandonado, en el que yacía una lápida de piedra enorme con su nombre y su fecha de defunción. Rosario murió con cincuenta y ocho años y de esto habían pasado doscientos cuarenta y nueve.

JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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