28 de abril de 2016

QUÉDATE

Te acuna. Te empuja. Te arrastra o te mima sin preguntar.
Monstruo o luz que alumbra o ciega. Abre tus ojos para hacerte sentir o llorar o reír.
Despedida de la infancia, despedida de la pubertad y despedidas de soltera. Despedidas por cambios de trabajos o despedidas por fronteras que alejan a quienes nos dejan marcas. Miedos o dudas a la hora de soltar las amarras de nuestro velero. La lindeza y majestuosidad de la arboladura de cada cual, inyecta la euforia vital para salir de la bocana del puerto. Lanzarnos a agarrar etapas nuevas de estas vidas prestadas, como el tesoro más valioso que unos pocos saben apreciar.
En un soplo de lucidez, al girarnos, entendemos que ese gigante, que nos enseñaba a dar los primeros pasos, continúa cogiéndonos la mano para enseñarnos nuevos paraísos. Más frescos, más verdes, más felices si cabe. Un coloso enorme, hecho con las miradas de quien no regaló su amistad desinteresada. Y sigue aquí.
Una a una, fui recogiendo las fotos esparcidas por el pavimento. Una a una, abandonadas tras un despecho, tras una sin razón:
"Hoy te entierro con furia porque no me salen las cuentas y, como a perro en agosto, te dejo en donde tu regreso sea inútil, para olvidarme de ti. No quiero recuerdo alguno del amor que no valoro, que arrincono."
Y arroja al chinorrio de la calle y al peso de los neumáticos las imágenes de unos momentos para los que perdiste el tiempo más útil de tu vida. Solo para tomar unos pinceles y dar más entusiasmo a tu rostro, más viveza a tus ojos, siempre más. Los vestidos tan elegidos. Por entregarle el mejor instante que pudiste fotografiar con el corazón floreciendo entre tus ojos y tu carmín. Solo por recoger unas migajas de cariño de quien tan poco te respeta. Solo por optener esa paz del querer correspondido en tan altas miras a las que ofrecer tu propia esencia, tu propio cuerpo. Tu honor para usarse como quien ha de unirse a ti, tu soñada alma gemela, desee o entienda. Con total entrega. Con errada entrega. Tirada al desgaste del hormigón, a la huella de la rueda, a un deterioro absurdo.
Las guardo. Para encontrarme. Para entender como puedes levantarte una tras otra, las veces que el temporal te tumbe. Para evocar tu fragilidad, de que apostaste todo a un sueño roto. Para no dejar de ser persona al completo. Para soñar que te encuentro y alcanzo a besar tus labios y susurrarte que tu anhelo existe.
Ven, suelta tus tirantes con la suave tibieza que sonroja la alegría de tu semblante.
Complace la espera paciente, entregando desnuda toda tu piel .
Deja guiarte para alcanzar placeres conocidos y por descubrir.
Permite mi beso donde se posan los pétalos de las esperanzas.
Acerca el aroma de tu cuello a embriagar la seguridad de la limpieza.
Cabalga la pulcritud de la blancura a la lejanía más alta y, allí, desbórdala en caída de vértigo a las ciénagas que regocijan el baño de barro especial.
Camufla cada caricia impura ahogando la mancha con atractivos gemidos.
Baila mi música hasta rendir tus pies ensangrentados.
Eleva la propulsión de esta eternidad completa.
Y amárrala en tus cielos hasta que se diluya sin retroceder. Así se pierden mis escalofríos tumbados frente a este fuego prendido de tu hogar.
Con o sin escote, me asfixio al pensar tu espalda si te alejas. Lamentos de encaje al deslizarse por mi pie.
Mi sed crucificada entre la almohada y el calcetín.
Se cobija el sol en volandas, sin abrir mi ventana, sin llamar a mi puerta, sin hacer compañía.
A traición, en tres ocasiones me levantan antes de despertar un gallo. Alarmas insolentes de perezosos y vulgares.
Las rendijas roban tu perfume que se hace viejo. La claridad trae el calor dulce de un bizcocho puesto a enfriar.
La quietud en la que faltas. La taza por levantar. Mis lágrimas sin consuelo. Descabalado sin tus besos. Desgajado por tu silencio.
Este eclipse es nuestro, cuando es imposible alcanzarte. Habito esta vida que me prestaste, la que incompletas y te sigo esperando.
Abres la vida cuando tu ironía regresa. El sosiego huele a harina tostada, a ropa con jabón. Sabe a bullicio de guardería, a leche cortada. Abriga como abrazo de madres. Y suena como el tropiezo de un juguete olvidado, a normalidad.



JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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