27 de junio de 2012

LA CASA SIGUE CERRADA

Los primeros años de carrera llamaba mi atención su belleza elegante, su ropa, su educación y su actitud contenida. El tercer año comenzó con normalidad,  mis ojos la seguían porque se me había metido dentro. La encontraba muy guapa y atractiva.
Me contaron que estaba casada y tenía una niña. Me hundí. Fue cuando más tiempo dediqué a estudiar.
Ella sabía que yo siempre cogía el último metro de regreso a casa. Algunas veces viajaba conmigo, en el tercer vagón, sentada en el centro. Habíamos hecho juntos el camino de regreso e intercambiado apuntes muchas veces.
Me esperó la tarde del miércoles y me preguntó que porque estaba molesto con ella. Yo le parecía esquivo y no me había dado ningún motivo. Muy serio le reprendí el secreto callado de su matrimonio. Mientras no podía contener sus lagrimas me confesó que no andaba con un cartel de me equivoqué y estoy casada. Asumía la derrota de su relación en tanto que a duras penas mantenía la familia de su pequeña.
Durante el mes siguiente viajábamos juntos en un tercer vagón casi vacío.
La última semana varios días lo ocupamos nosotros solos. Surgieron en él caricias llenas de latidos que alteraban mi piel y varios besos interminables. Entre túneles oscuros y el chirriar de las vías nuestra intimidad se confiaba a nuestras manos.
Ella se retrasó y no aparecía la tarde del veintinueve. La vi bajar por las escaleras y caer al suelo al alcanzar el andén. Las puertas del convoy empujaban y salté al cemento antes de que se acabaran de cerrar. Mientras las máquina cogía velocidad y se perdía, mis manos abrazaban su cuerpo y nos fundíamos en un beso interminable con sabor a carmín y perfume de lavanda.
-Conozco una pensión.- Dijo ella.
-Yo también.- Le respondí fundiendo nuestros ojos.
-La he soñado cada noche desde que te vi en administración haciendo la primera matricula.
Al instante llamó por teléfono pausadamente:
-He perdido el último. Me quedo en casa de la abuela. Tengo llaves… Date prisa que estoy sin batería. La cena está... Ah ¿ya habéis cenado? Bien, yo vo… - Y cortó su móvil delante de mis ojos.
Caminamos juntos en dirección opuesta a la casona familiar, alejándonos de ella y dirigiéndonos al letrero de la pensión. No hacían preguntas, ni tampoco pedían documentación. Una llave, el pago anticipado y apenas un buenas noches señores, daban formalidad al contrato. Subimos y al entrar intenté dirigirme a la ducha pero me cogió del cinturón y me retuvo. Se fundió con mi cuerpo sin dar tregua hasta dejar satisfechas mis pasiones y las suyas. Repitiendo aquella danza de ensueños hasta tener ambos la certeza de la plenitud del otro.
No encontré la línea, que en mis sueños se dibujaba, en una habitación doble entre su cama y la mía, entre su ropa a un lado y la mía al otro, ni entre sus apuntes y los míos.
Se borraba la división entre su formalidad y mi timidez delante de ella. Para quienes se aman, todas las noches deberían ser como aquella.
Nuestro desayuno, un bocadillo antes de amanecer, después de dejar la pensión, camino de la casa de la abuela donde la dejé preparar su coartada.
Me habló de su embarazo tras una noche de fiesta con un cuerpo bien fornido y atractivo que desembocó en aquella relación nefasta. Supe de su enamoramiento que comenzó justo el mismo día de la matrícula en el que yo no dejaba de mirar su escote.
La pasión se desataba en cualquier parte. Los baños o un rincón entre la intimidad de los arbustos que conocíamos bien.
Hoy continuamos fieles a una sentencia que sus labios dejaron escapar. Después de la primera vez vienen muchas otras veces. Por eso cuesta tanto cruzar la frontera. Pero no tengo miedo, no a tu lado.
JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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