2 de agosto de 2012

MATTHEW

Nunca habló de su pasado. Nadie supo su origen. No pudimos encontrar quien comentara de ese tema. Tal vez tenía una familia o unos padres vivos o muertos. En una casa o debajo de una pequeña lápida de piedra, por qué no un panteón. Hermanos, de tenerlos, no aparecieron por donde él vivía. Alguna alcahueta presumió de ver alguno, otras dijeron que tenía una familia numerosa. Y cuando se ausentaba era para atender esos asuntos familiares que le alejaban de la tierra donde nació.
Pero… ¿Cuál fue su puesto?
Eludía cualquier tertulia relacionada con los asuntos familiares. Cuando surgía, era su momento de ir a la barra a pedir algo más, o al servicio, o recordaba una supuesta cita con su mecánico o su electricista o fontanero. Unas razones para ausentarse el tiempo prudencial para concluir la conversación.
¿Quién no tiene, una madre y un pasado, cargado de familia, de chicas, de mujeres, de metas por lograr, de ilusiones? ¿Para qué olvidarlo todo? Sin conservar ni lo bueno que pasara. Vida nueva en sitio nuevo ¿Por qué? Tan triste fue lo que dejó o tan buenos los recuerdos truncados.
Quizás este momento era un reto para enfrentarse al mundo, solo, sin los privilegios de los recuerdos heredados y esta era su guerra particular
¿Por qué no un amor por lograr o por olvidar?
Arribó a la albufera en un pequeño velero que se mantiene anclado en el exterior del malecón. A veces el barco desaparece durante la noche y su imagen es rescatada por la luz del amanecer en el otro flanco del puerto donde se resguarda del viento de levante.
Entre comentarios de chismosas empezó a realizar trabajos de mantenimiento en las casas de algunas mujeres que viven su soledad con dureza. Con el tiempo ha logrado trabajar para la mayoría de las casas de este pequeño pueblo. Ha conseguido comprar un chalecito de pescadores con un portón cara a la costa donde guarda una barca, pero donde su barco no puede atracar porque el mástil, ni la quilla tiene cabida. A veces trabaja dragando el fondo para que el lastre pueda entrar a la boca del portón.
Recoger aquella adolescente solo le trajo problemas. Ella vivió en un pueblo muy cercano. Una noche apareció en la cantina a la hora de cerrar. Se fugaba de casa después de una sonada trifulca. Con apenas quince años, un cuerpazo muy desarrollado, vestida más que sexy, atrevida y luciendo un comportamiento descarado. Acabaron sus copas hablando solos al borde del acantilado, rociados por la humedad salada de la cresta del oleaje contra la línea rompiente. Se hizo tarde y él le ofreció un jergón en el cobertizo para evitar rumores, pero en la madrugada ella abrió la puerta y acomodó su reposo junto a la chimenea.
El tiempo cambió sus ideas suicidas por costumbres hogareñas que se acompasaban poco a poco. Un par de años después aceptaban aquella arriesgada oferta de felicidad. El error más grande de los dos fue pensar que aquel acomodo se llamaba amor.
Derrochó sus ahorros y empeñó su barco en una boda humilde y un crucero del que tampoco se supo, pero se juzgó nefasto.
A pocos meses su lozana mujer se anidaba en el camastro de un buen amigo, donde hoy entona sus gritos de peleas y amarguras, rompiendo la tranquilidad del vecindario.
Mientras, Matthew busca la forma de dragar otra salida para este peso que lastra su ya entumecida vida.
JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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