24 de junio de 2017

LA RED

Sonríe el tapizado roído. Soba el asiento la cicatriz eterna de la lejía derramada. Consignado a este camarote dormido. Bailando ronquidos al compás de cada traviesa, cada empalme acerado de la vieja catenaria, cada enganche de vía muerta, cada cadena columpiada. Desparramado en brazos de su canción de nana.
Hace remanso la rutina cada tarde, cada mañana, cada ida, cada vuelta. La montaña, el pinar, los mismos trabajadores, las mismas moscas. Otoño tras verano, tras primavera sin jazmines, sin campanillas, sin color. La mirada seca, la presión, las ganas y la fuerza, crujidas. Flores mustias traban los tintineos de aquella pasión alejada. Duerme el dolor, duerme el silencio. Duermen sin compañía, sin brisa, sin caricia, sin provocación, sin escobas a ritmo barriendo. El alma desierta, sin hambre de este calor. Instaladas todas las ausencias en el umbral de otro amanecer. Otro más.
La esperanza tiembla en manos del error. Lastra la vida el duro descuido. Sola en su imposibilidad. Arrastrarse hasta el borde afilado de la quimera que ha o no de ser. Al límite de la extenuación siempre queda una pizca más. Un rincón donde, entre guijarros, regresan las caracolas a acunar sus sueños de niña.

El mismo olor, del conocido bocadillo de chorizo que compró al asalto. El sudor, de crianza a gran reserva, añejo sin duda que grita lavado al rescate, por dios. Fugado a traición de la viejas chimeneas derruibles, el humo de las calderas se enreda con el aroma de puros y cigarros varios. Escapan, anden tras anden, príncipes descabalgados, ojos de timón, fiambrera en mano y sonrisa olvidada.
El rugido de una moto parece traerte una chispa de destello. La amargura de no tenerse, de no encontrarse, de no besar. Tan cerca, tan insistente, tan imposible. Cabizbaja soportas al viajero que se apega en exceso hasta que intenta plantar el brazo tras tu espalda.
Oiga.
Tú. Eres tú. Eres tú.
Ríe él. Tras un beso de choque de trenes, recuerdas cuando le encontraste, distraído. No pudiste apartar tus pupilas, tampoco tu deseo, tu impresión, tu magnetismo, tu expectación. Se fue hilando el acercamiento, la alegría, la vivencia compartida los achuchones deseados. La ocasión feliz en la estrechez del servicio de este vagón con el rojo de tu carmín.

JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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