13 de diciembre de 2010

ALIMENTO UN VAMPIRO



El silencio es la nana que duerme el amor sumiéndolo en la inexistencia.
No tengo certeza del vaivén que me asalta, si me hundo en una ciénaga o floto entre los restos de hojas que alza el viento de otoño.
Acostumbro a pararme a charlar con los ancianos del pueblo donde nací. Busco la profundidad de sus arrugas y para dar un toque de irreverencia a sus achaques y sus rutinas. Me contaron que entre las asperezas de la vida, se despierta un día en el que la generosidad se instala y cedes tus sueños, tu vida y tu sangre a la nada.
Mi realidad es ambigua. No me siento donante, al contrario, reconozco que esta vida no me perteneció nunca, la cogí de prestado para iniciar este extraño camino. Ando aprendiendo que este aliento que recogí, solo lo cultivo para regresarlo a su verdadera dueña y hoy descubro que te pertenece por derecho de conquista. Mientras, voy al encuentro otro de estos extraños días amanecidos.
Es bonito dormirse mientras me empapo de todas estas novedades enlazadas entre tu camino y el mío. Has quitado la venda que me impedía ver este universo ilimitado donde las imperfecciones cobran sentido. Con tu presencia traes el abrigo de la verdad y se disipan los monstruos que el miedo maneja en este teatro de títeres banales. Acudes como un oleaje de esperanzas que se aleja dejando la confianza de un cercano regreso, que intuyo eterno. Apenas una mirada es el mejor salario que recompensa el tiempo de silencio. Un silencio que es la pócima capaz de evaporar el amor y su dolor. Una gran cita, tan dolorosa como incierta.
El amor existe por sí mismo. No tiene cura, no es abatible, ni perecedero. Irrumpimos en otras vidas sin pedir su consentimiento y se instala sin justificación alguna y sabe dios hasta cuándo.
No apareció como un personaje celestial, una criatura alada ante la cual prevenirse y desenvainar mi espada mientras se la reconoce. No usa armadura ni sus armas dominan el metal. Se adueña del tiempo, al que sume en la insignificancia y se instala en mi vida como si le hubiera pertenecido eternamente.

JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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