4 de julio de 2010

UNAS TOSTADAS


Milagros es una mujer delgada, su silueta reposa equilibrada tras un arpegio en silencio, su mirada reta al futuro y sus labios se acunan sugerentes uno contra el otro.
Cuando se siente feliz agita su melena rojiza en cuidadoso enredo frente a mis pensamientos. Luce su cuerpo enzarzado en un combate con la armonía de las curvas que lo dibujan.
Esta noche llega tarde, cansada de ruidos desacomodados, de esperas eternas y de miradas infructuosas. El vestido de fiesta negro resbala sobre su cuerpo en una caricia continua; huele a tabaco, aunque aún mantiene el perfume inconfundible que delata su existencia. Sus pies han soportado el castigo de los tacones que estilizan aquella preciosa figura. Al entrar en su piso se despoja de la chaquetilla y el bolso, abandonándolos sobre el sofá, mientras por el camino se desprende de la incomodidad de los tacones y se suelta el recogido. Se dirige apresurada a la cocina para prepararse algo y saciar la sensación de vacío, un apetito capaz de derrotar el largo sacrificio de ayunos interminables. Alcanza la tostadora que se niega a trabajar a esas horas tan impropias y le lanza una mirada desafiante apretando los dientes.
Mila, acostumbrada a que su vecino de enfrente, un joven estudiante, le solucione casi todas las averías no repara en lo avanzada que está la noche, prende la tostadora y llama al timbre del muchacho.
Él deja el libro que sostiene sobre la mesa y sale descalzo vestido solamente con pantalón corto, sin entender por qué regresa su compañero de estudios a esas horas. Al abrir los ojos, encuentra a la vecina de sus sueños delante de él; maquillada, vestida con un escote generoso, medias negras, sexi y manteniendo el equilibrio sobre las puntas de los pies, la mirada tierna, una gran sonrisa, un perdóname pero… y una tostadora en las manos.
-Con las prisas del examen tampoco he cenado y sobre la encimera tengo la pizza que pedí, aunque habrá que calentarla.
-Eres un sol. Le besa en la mejilla y se dirige a la cocina mientras deja descansar sus pies.
Detrás, con paso lento, él contempla su espalda alejarse. Una inspiración honda priva a sus ojos negros de la luz del momento, mientras la fragancia generosa de la chica se instala en la profundidad de su pecho. Quizás ella ha decidido dar comienzo a un bonito sueño.

JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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