3 de julio de 2010

CARTAS

Permanecía medio dormido sobre la cubierta de la casa, disfrutando un guiño de placer mientras esperaba reanudar las tareas de reparación, protegido por la sombra de un olmo en medio de la primavera y arropado por una brisa fresca que me inundaba de fragancias.
El chirrido de una bisagra bajo el tejado me puso en alerta. Me mantuve inmóvil, mirando el desván por una de las aberturas en busca del origen de aquel ruido.
Abajo, una chiquilla morena de ojos melosos, revolvía la ropa de un arcón polvoriento con mucho mimo. Desabotonó su bata y la dejó caer al suelo. Junto al ventanal sacó el disfraz que había elegido. Se calzó unos zapatos de tacón y se vistió con una chaqueta clara bordada en seda y una enagua, a la que hacía volar girando una y otra vez mirándose en el espejo de un viejo mueble.
La luz intensa se colaba desde fuera y la traspasaba. Desfiló y taconeó durante un buen rato agitando la melena. Sacó una nota del bolsillo de la chaqueta y se dispuso a leerla sentada sobre el cofre.
Hola Aurora:
¿Cómo estás? Espero que bien.
Las cosas me van de mal en peor. Ha cambiado y ya no es la persona que yo quería. Ahora la vida me trata con menos crueldad, pero mis esperanzas se van convirtiendo en sueños inalcanzables…
La casa sigue… - continuaba la nota.
Veo todos los días a Alberto, Víctor y Enrique. Están en una posada cerca del piso de Luisa. Alberto está guapísimo y también Enrique. Esta mañana los he visto paseando con Lucía. Por cierto; se ha cortado el pelo, pero sigue lo mismo que siempre, ya sabes. María lo ha dejado definitivamente y la hemos visto con un chico varias tardes, que es guapísimo. Le decimos “el moreno”. Cristina sale con otra gente y se ha desconectado un poco.
Te parecerá una sorpresa mi carta pero en estos momentos me he acordado de ti. Espero que vengas por aquí algún día.
Siempre tuya, Amalia.
Después de leerla se hizo el silencio durante un instante. Se la aproximó a los labios y la dobló cuidadosamente dejándola de nuevo en su sitio. Se cambió de ropa y dejó todo como si nunca hubiera estado allí. Al traspasar el umbral, cerró con un pequeño portazo y se alejó dejando el rastro del ruido de los mamperlanes y una sonrisa en mi cara, al tiempo que el reloj sentenciaba el instante para reanudar el trabajo de reparar aquel tejado.
Compré aquella casa junto al precipicio. Solo un camino conduce a su puerta. Unos metros antes de la entrada se estrecha en un aterrador acantilado. El martes la recorrimos, valorando el costo de la restauración. Al marcharse los técnicos me quedé atrapado entre los muebles y enseres de una habitación sin ventanas que registré ansioso de encontrar su historia.
En un cajón aparecía un uniforme militar casi intacto y miré los bolsillos, allí junto a la foto envejecida de una hermosa mujer con un vestido blanco y una sombrilla, encontré otra carta.
“Querida Amalia:
Estoy cansado de barro, de noches en vela, de despertarme a cada crujido del sendero, de miedo, de injusticia, de cadáveres a medio descomponer.
Nuestras extremidades están entumecidas por la falta de ejercicio y la humedad de la rivera.
Detrás de cualquier ruido las carcajadas de todos, después de haber sacado la bala de la recámara, apoyan su fusil en la trinchera, suben los pies en alto contra el terraplén y ajustan la gorra para tapar el sol que nace insultante después de una tormenta en este agosto tan caluroso.
Otros encienden un cigarrillo y se pasan la chusca para no gastar cerillas, esparciendo el humo para que no delate su posición.
Los más melancólicos miramos las fotos de nuestros seres queridos que llevamos en nuestras carteras. Yo fijo la mirada en tu escote abrigando un sueño y una esperanza.
Vinimos a pelear contra un enemigo que no presenta batalla y poco a poco somos vencidos por esta larga espera.
Nada que quemar salvo el tiempo, la paciencia y el escaso tabaco que compartimos. Nadie regresa hoy por este camino inservible que nos une a nuestro pasado y tal vez a nuestro futuro.
¡Dios mío! Desde hace unos días ronda una idea por mi cabeza. ¿Qué siente o sufre una persona antes de su muerte? ¿Qué temores le alejan de la vida? ¿Cómo podría yo conocerlos? No puedo contarlo a nadie pues desconfiarían de mi cuando hago la guardia.
¿Acaso es la muerte mi libertad?
Hoy, una bala me ha atravesado el costado, no saben si sobreviviré.
La sensación no era la que esperaba. Fue instantáneo, indoloro, rápido, un golpe seco y helado, seguido del calor de mi sangre sobre la piel. He visto preocupación entre los que me trasladaban, ternura en la chica que me atendía y la responsabilidad muy racionada del médico que cosía la entrada del proyectil, mientras escogía entre los heridos el siguiente en atender”.
La carta acaba en esta línea, nunca supe el final del soldado, ni el de aquellas antiguas moradoras, me quedé allí, sentado sobre un cajón, un paso delante de la vieja bombilla, frente a la puerta entornada que lanzaba la sombra de la llave contra la escalera. Leí la borrosa dedicatoria de la foto. Para siempre, Amalia.

JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

1 comentario:

  1. Este podria ser el comienzo de una bonita historia convertida en libro.

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