19 de diciembre de 2015

OSADOS

Unos peces saltaban en el lecho seco del mar. El océano sesgado, el aire en calma. La ciudad pausada. Y tus sueños, no los encontré. ¡Dormías!
A los pies de la cama, tu sujetador se enredaba contra mi cinturón.
Me senté cerca, sobre tu colchón. Escuché tu respiración. Te alcancé. Te revolviste somnolienta ofreciéndote. Te rocé bajo el fino lienzo de algodón. Sentí. Dibujaste una pequeña sonrisa. Sabes que estaba acechándote, esperando. Tus ojos cerrados, deseosa de compartirnos. Guié mi caricia. Delicioso, palpar aquella curva, la concavidad perfecta. Toqué paciente, sabiendo que participabas en esta frescura. Arqueabas la cintura. Te adentraste en tus planetas de tacto de plumas, choques de trenes, llanuras tenaces y explosivos volcanes de luces y olor a pólvora de mascletá. Empuñaste la almohada, mordiste la comisura y por fin, tu torso se convulsionó y dormiste.
Una figura femenina nos observaba desde su habitación. Inmóvil, encontraba mi mirada. Sonrió. Soltó la cortina, abierta. Se acercó al cristal. Descubrió, para mí, la intimidad que tapaba su mano. Giró con lentitud hasta su espalda, su perfil, recreando el detalle. Guiñó el ojo, concediéndome observarla con intensidad. Hizo gestos. Quería verme, que me mostrara para ella. Aguantó junto a la ventana hasta el final. Rozó el vidrio frío y se erizó. Arranqué mi camisa. Pulsé la hebilla, dejé libre los pantalones.
Tentado entre dos mujeres. Durmiendo una, ofreciendo sus sentidos la otra. Ambas hermosas. Las dos para mí.
Abrí del todo los visillos a su atención. Bajé la cremallera. Me desvestí. Me ofrecí. Encendido, a punto de reventar. Me mostré. Retamos el ventanal, la figura. Ella se hacía sentir, imaginando que los suyos eran mis dedos. Vi como lamía sus yemas, las deslizaba encontrando el vértice, como si de una caracola se tratase dejando el rastro de humedad marcado en el mapa de su talle moreno. Apoyada sobre la luna. Emitió un susurro. Vaho intenso de su garganta adicta sobre la lámina helada. El goce escapaba de su fricción.
Ella engullía cada instante, miraba tras de sí para comprobar que él no había despertado. Empujó su dedo, me lanzó un beso dejándolo impreso. Atrevido, excitante, confuso.
Tu sábana se dividió en dos. Dibujó un recorrido hundido de tu cuerpo femenino y formas tentadoras.
Tomé mi albornoz, le indiqué que saliera al pasillo. La huella empapada quedó marcada. Se había ido.
Verla sobre sus tacones, al otro extremo del corredor, me excitó. Deshicimos la distancia hacia el otro. La madrugada nos cubría. Un encuentro en el reservado dormido de las veinte puertas cerradas. Al otro lado las audiencias descansan ciegas. A esté descubrimos la pasión oculta. Nacen mariposas diferentes, caricias de seda, entre los trigales maduros. Entregados hasta las más baja lujuria, cedida al otro. Negada, como el primer amor, como aquel ensayo torpe que nunca contamos. La sangre inolvidable que limpiasteis. Actores de un duelo desenfrenado, de un sudor sabroso. Fundimos la intención sin cambiar palabra, antes de regresar a enjugarnos hasta los respectivos baños de las habitaciones. Bastaron diez minutos para volver a las ventanas. Las sonrisas y los halos del sofoco, empaparon la transparencia. Clavamos dos números de teléfono.
Descarada, anota los dígitos. Delante de mi pasividad, deja caer de su refugio unas lágrimas ajenas y propias. Escurren hasta empapar el piso, brillan. Y mantiene las pupilas clavadas sobre mi silueta, sobre mi esperanza.
Unos segundos para una promesa eterna. De intimidades abiertas y metas por alcanzar, rotas, recompuestas. Al fin. Apenas un camino sin huellas en la arena. Adivinarse, verse, jugar. Mecer la gasa de un vestido blanco. Noches de hotel y vino en el paladar. Marcas de uñas en la piel y labios hinchados. Beber el fuego, desearlo, buscarlo, necesitarlo, compartirlo, alimentarlo, gozarlo. Tu entereza troceada sobre el suelo. La alfombra caliente tras los envites de efusión y carne de venas ardientes. Tu perfume en mis mejillas. En mi lengua su carmín. Entregarme por completo a cada una. Vacío del todo y ausente. Sin olas sin rumor, sin sabor salado. Todo lleno de nadas. Enjuagas y cepillas los restos para que el agua limpie todo, ella también. La luz de tu cielo es mi noche. Llena para ti, nueva para mí.
Entre tu cariño y su atrevimiento, entre tu bondad y su determinación, entre tu juventud y su experiencia, entre tu armonía y su descaro, atrapado entre...
Con una perfección capaz de crujir en tristes pedazos nuestras felicidades. Con un generador inagotable, dentro, que lleva mi vida sobre las láminas de Marte.

JOSÉ CHINCHILLA LÓPEZ

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